Del viento.
Cómo muerde, cómo. Encaja su frialdad en mi carne y jalo dolorosamente lo que queda, todo el paisaje del mundo abarcando el recuerdo de su pene erecto y yo acostada boca abajo nueve veces, con el sueño digregándose. Tal vez somos añicos de una ilusión que se quemó hace mucho porque el aire soplaba con furia cuando habitamos una mirada a la intemperie. Más ráfagas, todas. Más ignorarlo: la tormenta se nutre del olor de un nuevo amante. Le gusta volver con los vientos a mitad del año. Con la memoria etérea y compulsiva. El aire en ese cuartito del Colegio Mayor. El aire en Cuba. El aire desprendiéndome de mí y esta libertad. Quería ser libre para no sentir dolor o para comprenderlo según mi propia lengua. Una lengua rápida, de alguien que no quería ser inteligente, de alguien que no quería pensar ni oír esta voz que no se calla. De alguien incapaz de un éxito, de una persona perdida. Una lengua como puente entre el sexo del otro y el miedo vencido de la mujer. La pieza conectora de la máquina deseante que soy. La máquina que no para, que sabe cómo muerde el viento y se complace de sangrar porque ese dolor es rico (no le gustaba que dijera, en medio de la relación sexual, rico), al diablo con lo que le gustaba o no. Es un dolor que se acomoda al deseo de vivir y golpea porque son ansias duras, tóxicas, de saberme acá, contando las gotas de esta llovizna oliendo a perro en una banqueta gris que se diluye. Cierro los ojos, digo "789 gotas" y con mi lágrima la cifra aumenta.
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