lunes, 16 de junio de 2008

9

De la llamada.
No saber dónde poner la cabeza. Duele. Explota. Se someté a la rebelión de una misma y los sentimientos guardados en múltiples cajas. Maderas de todos colores y materiales distintos. Moños, listones, papeles metálicos, crisantemos y lirios en la imaginación de quien destapa esos cubos y escucha música. Es tarde. Pero no hay sueño y no has adelantado lo que debes hacer. El deber sigue inmóvil, aplacado porque suspiran como animales durmientes en un rincón, todas esas cosas que deben terminarse y no marchan, se detienen con el poder del recuerdo. No se dan a quien las vive, no se acomodan con ternura en la rutina. Lo cierto es que no me acomodo en ningún sitio. No puedo arraigar. Y la vida trae cambios. Héctor se casa, mi amigo de Madrid, el símbolo de una posible puerta abierta para escapar. La escapatoria, siempre ella. Una mujer odiándome desde niña, una palabra con sangre coagulada. No puedo estar. Soy alguien inestable, ergo, una especie de no persona. Hija del viento que hace llorar a todas las veletas.
Mi primer amante dijo que al cambiarle los pañales al niño amor le meto un dedo en el ano. Así es como logró definir esta incapacidad. Y le creí y seguí moviéndome por el mundo atragantada de la leyenda de una niña terrible. Pero ya no lo soy. Crecí del lado de muchas muertes que es decir amores perdidos. Y también con la niebla de siempre en mi interior que sí ama. "Tienes corazón de condominio", se quejó Agustín afuera del departamento donde vivía en el DF. Años duros, formación de la formación. Extraño la ciudad de México. Mentira, extrañas esa época. Ahora mismo lo daría todo por estar a punto de conocer a Gerardo y no llorar así. Y no escapar así.
Hablé contigo. Citaste en tu e-mail, donde me mandas al diablo, este verso de Lizalde: "Que tanto amor se pudra", pero nada me olió mal. Comencé a quererte en serio con todo el temor, con todo mi aire oscuro, con tanta humedad que sí pudre lo que toco, con cada una de mis razones para escapar de esta atmósfera que no me pertenece. Habré de imaginar otra, de dibujar otro mundo con una sonrisa, si te vuelvo a ver; y he de refugiarme entonces mientras asimilas que escapando vivo y me dejas ir.

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