sábado, 14 de junio de 2008

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Del malecón.
En la foto aparecen una indígena, un homosexual, una queer, una hippie y una mujer con la sonrisa blanca que no sé cómo llamar. No le queda ningún título. Inclasificable, la mujer llora en este momento porque advierte puede vivir con la esperanza muerta. Eso es, podríamos asegurar que es una desesperanzada a lo Mutis que es decir a lo Conrad. Pero no, su lágrima delgada y plomiza es el resultado de la espera. A la mujer no le alcanza para ser como Ilona que vuelve con la lluvia. No le alcanza, eso es, es la más pobre de la fotografía. Pero no, puede pagarse un pasaje a Buenos Aires ahora mismo o a Nueva York, o a Cuba para volver al comienzo, al cuerpo alto del ojiverde y su hambre. Un prostituto machista. Eso le encantaba a ella, la dignidad del jinetero que la trató como a una esposa. El empleado que manda. Ella pagó para que la amaran como la mayóría de los hombres en Latinoamérica. Y dejó sus dólares, feliz, en el cajón que él abría cuando ella aún no despertaba y el cuarto de los abuelos uruguayos de la proxeneta olía a jazmines deshidratados en el colchón. Era sexo entre pétalos que ambos comían. Y cubas libres, con música.
Eso es, la mujer de la foto es una puta. Pero no, nunca le pagaron. Eso es, una tonta. No, escapaba justo a tiempo. Eso es, juguemos, anda, ayúdame a ser, a nombrar a esa treintona de la foto.

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