De nada.
¿Consuelo? No, no lo hay. Vivamos de la nada entonces. Este es un mundo donde el tiempo se cumple y las mañanas necesitan ahorcarse y los adioses se repiten con trajes idénticos. Deshilachadas telas con que se visten las despedidas. No quiero ese despojo. No soy capaz de abandonar nada ni a nadie. Pero es imposible estar en todo lugar a toda hora. No ser, no estar, no poseer. Pero sí decir que no hasta quedar afónicos y caer desde lo alto como uno de esos pétalos azules a distancia del que mira un sueño de flor en la ciudad más sucia del mundo. Hay belleza, profunda, cintilante en lo sucio, en esa conmoción del que no sabe explicar lo que le duele. Una despedida dando al centro: disparo luminoso. Es la bala de la que te hablé sin hablar cuando callaba a tu lado, dirás que casi nunca, que hablaba sin treguas, sin darle espacio a tu silencio o al mío. Puro miedo.
En un paisaje de árboles floreados nacen sin parar todas mis preguntas.
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